domingo, 20 de diciembre de 2009

Estambul

El increíble esplendor de la salida del sol desde la proa del barco parecía mágico desde las aguas del bósforo. El barco había entrado en el estrecho y navegaba sobre el mar de Marmara, que separa Europa de Asia.

Hacia el frente, la vieja Bizancio, después conocida como Constantinopla, y ahora, Estambul. La vieja ciudad esperaba que el barco llegara al puerto para asimilar otro millar de ansiosos turistas.
Poco a poco las costas se iban divisando a ambos lados, babor y estribor, y al frente Estambul, tal y como una vez escribiera Espronceda en su canción del pirata, y el viento fresco me daba en la cara mientras se iba acercando la urbe Turca. Sólo el ruido de los titánicos motores del coloso sobre el que yo navegaba enturbiaba un poco el momento, que seguro sintieron miles de marinos que desde los primeros tiempos navegaban por esta agua, desde los barcos a remos griegos, los colosales trirremes romanos, los barcos de guerra bizantinos o los corsarios que una vez plagaban estos mares, todos se sintieron al menos una vez como yo en la proa del barco.

Poco a poco la ciudad se iba acercando y haciendo visible, y el cuerno de oro deslumbraba a la cantidad de apasionados turistas que, cámara en mano, trataban de inmortalizar el momento.



Santa Sofía, la mezquita azul, la torre gálata, el palacio de Topkapi… Todos visibles desde el barco mientras nos acercábamos al puerto de Estambul. Los minaretes de las mezquitas inundaban la ciudad hasta donde alcanzaba la vista, dejándome la sensación de que aquí debe haber tantas mezquitas como cabinas de teléfono rojas hay en Londres. El sol del mediodía nos ajusticiaba sin clemencia a los que asistíamos a la entrada a puerto, mientras, casi como si lo tuvieran preparado, las mezquitas comenzaron a llamar al rezo a los fieles. El canto de los imanes se transmitía de una a otra, como un reguero de pólvora que no para una y otra vez de pasearse. Cada una canta de una forma particular dando al ambiente un aire oriental que no se encuentra en ninguna ciudad de Europa.

No me extraña que el Islam vaya ganando cada vez más y más adeptos en todo el mundo, ya que los preceptos de los musulmanes son respetados por todos los fieles, al contrario que en España, donde se ha llegado a denunciar a algunas iglesias por el ruido de sus campanas. Si tuvieran que doblar las campanas cinco veces al día como lo hacen las mezquitas en el mundo árabe si que serian molestas. Es normal que sean la religión con más fieles, y recalco lo de fieles, por que en España somos millones de católicos, pero pocos vamos a la iglesia. Algunos lo hacen a diario, una vez a la semana, algunos no la pisamos en años, y sólo de boda en boda. Los musulmanes van a diario.

Algunos dirán que no todos los musulmanes van a diario, pero en ninguna iglesia veo yo tantos fieles como los que ví en las mezquitas en Estambul. Estaban todas casi llenas, todas las que vimos cuando pasamos por delante. Y en Estambul hay mezquitas para dar y regalar y cubrir media Europa. Nosotros pasamos de las iglesias, ellos entran a diario a rezar.


Es algo impresionante ver como se lavan los pies y las manos, como realizan sus abluciones. Es un momento muy personal, casi ninguno habla con el de al lado, es parte de los rezos, es dejar las impurezas atrás para hablar con Alá. Es una lástima que otros preceptos sean llevados también tan a rajatabla.
El fervor de los musulmanes no es comparable con el de ninguna religión hoy día. Exaltados hay en todas las religiones, y siempre vemos exponentes, pero los musulmanes no tienen igual. Y va a más, pues en muchos países no musulmanes comienza a haber bastantes mezquitas, en cambio, pocas, creo que ninguna iglesia pude ver en Estambul.


La grande que hay, Santa Sofía, está reconvertida desde la conquista otomana en mezquita, y hoy día es un museo. Los medallones decorativos interiores recuerdan al visitante que está en una mezquita.


El afán de grandeza del Islam tiene su máximo exponente en la Mezquita Azul. Construida por el Sultán Ahmed I, se construyó con seis minaretes para ser más grandiosa que Santa Sofía. En esa mezquita tuvimos el placer de entrar, cubriendo propiamente a nuestras hembras, para admirar el interior enmoquetado de la mezquita. Con los zapatos en una bolsa de plástico, pues hay que entrar descalzo, y las mujeres bien cubiertas, pudimos entrar y oler en interior. Da la sensación de suciedad, el olor es casi insoportable, pero no es por culpa de los musulmanes, que rezan y hacen sus abluciones antes de entrar. Ellos se lavan los pies antes de entrar y descalzarse. Nosotros no. Olía a pie de turista, no a pie de moro.



El paseo por Estambul fue gratificante, pues es una ciudad inmensa y preciosa. En todas las esquinas hay tiendas, kebabs, pastelerías con delicias turcas, etc.… El ambiente de una ciudad moderna, con sus motos, coches, ejecutivos en traje, mezclado con el ruido de las mezquitas cantando a la oración es impresionante. Resulta increíble ver como tipos trajeados con teléfonos móviles de última generación entran en la mezquita, realizan sus abluciones, y rezan. Pocos tiburones del IBEX 35 veo yo rezando antes de volver a casa.

Así nos va…. De Estambul me quedo con sus olores, sus sabores, y sus puestos de maiz y castañas.

2 comentarios:

Señor X dijo...

Una chulada... un trozo de histora.

Anónimo dijo...

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