martes, 27 de octubre de 2009

Tercer puerto. Rodas

Las luces del puerto se alejan lentamente en silencio. El único ruido que se oye es el de las maquinas del pesado barco que perezosamente va cortando las olas. Atrás queda el sonido de la sirena del barco con sus tres largos pitidos anunciando que un pesado mastodonte se lanza a través de las olas hacia su siguiente destino.

Atrás queda Rodas, la vieja ciudad de Rodas. Desde la barandilla de la cubierta puedo contemplar como se aleja, mirándome fijamente a los ojos, con piel bronceada, cuerpo bien formado, y facciones penetrantes, el coloso. La alta estatua de bronce se alza ante los barcos que quieren entrar en el puerto. Todos le rinden pleitesía, todos le respetan, todos pasan bajo el broncígeno gigante. Temido casi como el dios del mar. Los barcos en su interior se sienten seguros, los barcos enemigos y piratas le temen. Yo lo contemplo con respeto y admiración. Pero es mi imaginación al contemplar como se alejan las dos columnas que presumiblemente representan el lugar donde un día se encontraban sus pies.

Atrás queda Rodas, enclave comercial privilegiado perteneciente al glorioso imperio bizantino, sus murallas de piedra protegen la entrada, con torres donde se alzan las balistas que atacaran a los piratas cilicios, tan peligrosos por estos mares. Las cúpulas esféricas de las iglesias ortodoxas se despiden de mí, mientras veo como las pocas luces del puerto se apagan. Las ruinas de bronce de lo que un día fue el coloso descansan en su lecho de mar, con unas piernas rotas mas o menos a la mitad de la pierna, como muestra de que el hombre nunca debió desafiar a Poseidón, dios del mar, por la supremacía del egeo.

Atrás queda Rodas, la fortaleza medieval usada por los cruzados como base, para atacar tierra santa. Sus murallas, aun mayores que las bizantinas, representan un duro desafío para todos aquel que desee entrar en la ciudad por la fuerza. El castillo de los caballeros destaca en el horizonte, como nueva muestra de respeto en la zona, y el puerto, vacío, llora por los restos del coloso vendidos por los árabes en tiempos pasados. En su interior, las casas de piedra y madera salpican la ladera, rodeadas por bastante más de cuatro kilómetros de muralla irrompible, y vigiladas por los caballeros con sus estandartes y armaduras, que día y noche vigilan la ciudad y el mar.


Atrás queda la Rodas griega, la actual, la mezcolanza entre los turistas y los autóctonos hace mella en la ciudad antigua, donde conviven las edificaciones medievales, bizantinas y árabes con los nuevos restaurantes típicos griegos, los cafés, las tiendas de souvenires y chucherías, los centros oficiales y museos.

Los olores y los sabores típicos griegos se mezclan también, dejando un ambiente inigualable. El olor a mar con la brisa de la mañana, a humedad del levante, entra por la puerta de san pablo desde el norte, e inunda la ciudad vieja en las frescas mañanas de octubre. Los olores y los sabores a la hora de comer, donde los restauradores locales se afanan por mostrar a los turistas los placeres de la gastronomía local. No hay cosas estándar aquí. Todo es comida griega, con sus especiadas carnes y sus deliciosas ensaladas. El souvlaki (pincho de cerdo) sabe de muerte, y la moussaka es una delicia.


El café griego sabe a zarzaparrilla mientras lo degusto en una rodas donde se pone el sol, en otros tiempos, posiblemente solo el ruido del correr el agua en la fuente se oiría en esta plaza, hoy varias decenas de personas con cámaras la comparten conmigo, destrozando un poco el momento. Pero todos tienen derecho a disfrutar de este momento, aunque no tengan la sensibilidad necesaria para reconocerlo. Poco a poco, mientras el sol se marcha lentamente en el horizonte, se iluminan las murallas, las tiendas y las estrechas calles. Es una lastima que no se usen los antorcheros con antorchas en la noche de Rodas, pues le daría a algunas calles una sensación especial.

Mientras el barco se va, me despido con la promesa de volver, esta vez sin las prisas de un crucero….

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